Vivimos en una guerra civil cognitiva
Hay una batalla en curso, pero no se libra donde solemos mirar. No es electoral ni económica. Es mental. Está en disputa qué mundo se impone como real, qué hechos cuentan, qué pasado vale y qué futuro es posible. La política ya no es un debate de programas: se ha transformado en una batalla por la realidad misma.
La guerra por la realidad
Eso es lo que Aleksandr Dugin llama Noomakhia: una guerra entre formas de sentido, entre grandes estructuras mentales que definen cómo una civilización entiende al ser humano, al poder, al tiempo y a la verdad. No es una pelea entre partidos, sino entre visiones de mundo. Entre modos de habitar la realidad.
Las redes sociales no crearon esta guerra. La aceleraron. La hicieron omnipresente. Antes estaban los diarios, la escuela y la televisión. Hoy están los algoritmos, el escándalo permanente y la economía de la atención. Plataformas como TikTok funcionan sobre una lógica simple y brutal: estimular descargas constantes de dopamina, mantener la mente atrapada en ciclos de placer instantáneo, reducir la capacidad de concentración a segundos. La atención ya no debe durar una hora. Ni diez minutos. Debe durar lo justo para no aburrirse. Un minuto. A veces menos.
Byung-Chul Han lo explicó con precisión quirúrgica en En el enjambre. La revolución digital no creó una comunidad más libre, sino una nueva masa: el enjambre digital. Millones de individuos aislados, hiperconectados pero sin verdadera acción colectiva, sin silencio interior y sin sentido compartido. La hipercomunicación no produce diálogo; produce ruido. Un flujo constante de estímulos que aturde, fragmenta y agota. En ese entorno, el cuestionamiento profundo se vuelve casi imposible. El orden existente se vuelve intocable, no por la fuerza, sino por saturación. Un totalitarismo blando, invisible… o quizás no tanto.
El resultado es una población bombardeada de estímulos, cansada de pensar. Algo que recuerda inevitablemente a Idiocracy, esa comedia absurda sobre un futuro donde la humanidad se ha vuelto tan estúpida por la cultura del entretenimiento que un tipo promedio, simplemente por no haber sido embrutecido, despierta ahí convertido en un genio.
El despertar del sujeto soberano
En medio de esa saturación aparece algo inquietante. Una pregunta que el sistema intenta evitar a toda costa: ¿quién soy yo en este mundo? No como usuario, no como consumidor, no como perfil digital, sino como ser humano situado. Cuando alguien se hace esa pregunta de verdad, algo se rompe. Ya no basta con el scroll, ni con el like, ni con la distracción permanente.
Eso es lo que Heidegger llamó Dasein. No un concepto académico, sino una experiencia: darse cuenta de que no estamos flotando en el vacío, sino arrojados a una tierra, a una lengua, a una historia, a una comunidad que nos da sentido. Cuando esa relación se pierde, cuando todo se vuelve intercambiable, virtual y desarraigado, no aparece más libertad. Aparece gestión. Aparece control. Aparece una humanidad administrada, sin raíces ni destino.
Por eso esta guerra no se libra con tanques. Se libra con relatos. Con miedo. Con saturación informativa. Con ingeniería social. Con medios convertidos en aparatos de hegemonía cultural al servicio de élites que ya no gobiernan con ideas, sino con marcos mentales.
El liberalismo como jaula
En el siglo XIX el liberalismo fue una fuerza revolucionaria. Derribó aristocracias, monarquías y privilegios de sangre. Pero una vez que tomó el poder, dejó de serlo. Se volvió conservador de las estructuras que lo beneficiaban. Desde entonces su tarea ha sido proteger un orden económico y geopolítico que concentra poder y vacía a los pueblos de soberanía.
De esa hegemonía nacieron dos grandes reacciones: el marxismo, que atacó la dominación económica, y el nacionalismo, que atacó la pérdida de identidad, de territorio y de autonomía política. El siglo XX fue el choque entre esas fuerzas. La Segunda Guerra Mundial debilitó al nacionalismo europeo radical y permitió una alianza de hecho entre comunistas y liberales que reconfiguró el mundo. Después vino la Guerra Fría, una guerra cognitiva planetaria, con dos relatos totales disputándose el alma de los pueblos.
Chile fue uno de sus campos de batalla. Lo que vivimos no fue solo un golpe ni una transición. Fue una reprogramación del sentido. Se derrotó un proyecto político, pero también se cambió lo que era pensable, decible y deseable. El pueblo fue despolitizado, la historia reescrita, el conflicto social convertido en tecnocracia. Fue represión, sí, pero también ingeniería cultural.
Hoy ese modelo entra en crisis. La izquierda institucional se volvió liberal en lo cultural y progresista en lo simbólico. La derecha es liberal en lo económico y conservadora en lo valórico. Ambas comparten lo esencial: la aceptación del mercado global, del poder financiero y de la pérdida de soberanía real. En ese sentido, las dos son funcionales al mismo sistema globalista.
Ante esta hegemonía liberal sin alternativa real, comienzan a reaparecer —con distintos nombres y desde tradiciones diversas— corrientes que intentan salir de esa jaula: nacional-populismo, Cuarta Teoría Política, nacionalismo revolucionario, soberanismo nacional, lo que Carlos Videla llamó orden tribal. Todas apuntan a lo mismo: recuperar al pueblo como sujeto histórico y devolverle a la nación el control sobre su destino.
Ahí aparece la trampa moderna. Los libertarios atacan el “marxismo cultural”, pero defienden el mismo mercado global que disuelve fronteras, privatiza recursos y debilita a los Estados. Son críticos del progresismo simbólico, pero aliados objetivos del poder financiero. Funcionan como disidencia controlada: canalizan el malestar sin tocar la estructura que lo produce.
Argentina lo muestra con crudeza. Milei habla de libertad mientras alinea al país sin matices con Estados Unidos e Israel y abre de par en par los recursos estratégicos. Agua, energía, tierras, Patagonia. La Patagonia no es un paisaje. Es uno de los territorios más valiosos del planeta. Y no es ningún secreto que desde los orígenes del sionismo se barajó la opción de Argentina como posible territorio para un Estado judío. Theodor Herzl lo escribió sin rodeos: Palestina o Argentina.
Desde hace años existen denuncias sobre compras masivas de tierras, enclaves privados y presencia de ciudadanos israelíes —muchos recién salidos del servicio militar obligatorio— realizando actividades extrañas en zonas sensibles. En 2012, un turista israelí provocó un incendio en Torres del Paine. El senador Eugenio Tuma denunció mediciones topográficas hechas por extranjeros. Cada vez que se levanta una pregunta, aparece la acusación automática de antisemitismo para cerrar el debate.
Esto no es una acusación étnica ni religiosa. Es una pregunta geopolítica. Y toda pregunta geopolítica que no se puede hacer es una señal de que algo importante se quiere ocultar.
Nada de esto prueba un plan. Pero sí dibuja un patrón que cualquier país soberano debería investigar. Y ahora la Patagonia se quema. Y el presupuesto para combatir incendios se recorta. Y la tierra arrasada baja de valor. La pregunta sigue ahí, incómoda: ¿a quién beneficia un territorio devastado, barato y sin Estado?
Esto es la guerra civil cognitiva en acción. Fuego real. Relato manipulado. Pueblo dividido. Mientras discutimos entre nosotros, otros mueven las piezas.
La noche del nihilismo, el alba del Ser
Nietzsche lo vio venir. El mayor peligro de una civilización no es la opresión directa, sino el nihilismo. Un mundo sin sentido produce humanos sin voluntad. Personas que aceptan cualquier cosa porque ya no saben quiénes son.
Toda época de quiebre genera también su respuesta. No suele venir de las mayorías ni de los consensos cómodos, sino de una minoría que no encaja. Personas que ya no pueden vivir dentro del relato oficial. Que ven antes. Que pagan el precio de pensar cuando pensar se vuelve incómodo —o peligroso—. No son mayoría. Nunca lo son. Pero influyen. Irradian. Sostienen una llama cuando todo se enfría.
Esa es la fractura profunda de nuestro tiempo. La Noomakhia actual no enfrenta ideologías, sino niveles de conciencia. La disputa ya no es entre izquierdas y derechas, sino entre quienes piensan y quienes delegan su pensamiento. Entre quienes despiertan y quienes permanecen atrapados en la saturación. Entre quienes recuperan soberanía mental y quienes siguen consumiendo marcos ajenos.
Dicho sin desprecio, pero con claridad: entre conciencia y programación. Entre una minoría que comienza a volverse consciente y una mayoría que, muchas veces, no ha tenido razones —o tiempo— para hacerlo. La línea de fractura ya no es política. Es existencial.
La Noomakhia llama a esto clase ascendida. Nietzsche lo vio antes en el Übermensch: no un superhéroe, sino quien es capaz de crear sentido cuando el mundo ya no ofrece ninguno.
Hoy ese sujeto existe. No como partido ni como etiqueta, sino como tipo humano. Es el soberanista. Alguien que defiende su tierra, su pueblo y su destino cuando casi nadie más lo hace. Un guerrero mental en una guerra que no siempre se ve.
Porque vivimos en una guerra civil cognitiva. Y en una guerra así, pensar ya es un acto de resistencia.
